viernes, 13 de agosto de 2010

Fénix (Cap. 4)

Sofía había llegado media hora antes al Café. Como buen jueves, había hecho clases en la mañana a unos especialistas en la universidad, y como habían tenido examen ella había salido antes. Había acudido de inmediato a la llamada urgente de Autrey.

Se recostó en su silla y estudió a su antigua amiga con atención. Lo que vio le gustó.

También a Autrey le gustó Sofía. Sentía que hablaba con alguien que comprendía sus sentimientos y su punto de vista, alguien a quien no debía mentir.

–Fuiste muy amable en juntarte hoy conmigo, Sofía –dijo–. Necesitaba conversar contigo antes de que llegara la noche.

–Nada de eso. Ya sabes, para eso estamos las amigas. Además, me aburro de muerte los días jueves, porque me toca hacer clases y siempre son en la mañana. Me invento panoramas o me busco compañía, porque sino mi tarde se hace larguísima, y ya sabes, mi mente es activa y debo ocuparla en algo. De modo que no te disculpes por robarme mi tiempo –guiñó el ojo.

–Bueno... si tú lo dices, te creeré.

Observaron, pensativas, lo que había del otro lado del ventanal: una calle vacía, un día gris...

–Dime, entonces, que es eso tan urgente que tenías que contarme y que no podía esperar a la noche. Me dejaste increíblemente entremetida cuando me llamaste.

Autrey sonrió.

–¿Por dónde comenzar?

Contó, en primer lugar, lo que había ocurrido en su trabajo nuevo, y cómo había llegado a conseguirlo; habló de la entrevista con el Director. Luego, y con muchos detalles, explicó el problema con su novio, todas las ausencias de éste y cómo no le contestaba, a veces, las llamadas. Sofía se sobresaltó.

–¿De veras no te contesta? A mí me parece que hay gato encerrado...

–¿Qué? –preguntó Autrey.

–Lo que oyes. ¿Sabes? Cuando un hombre no contesta a las llamadas, siempre significa que pasa algo malo. O que está pasando, ¿entiendes? ¿Por qué no me contaste antes?

La profesora meneó la cabeza.

–¡Tu novio anda metido en problemas de faldas! Es lógico. Y comprensible. Hace tiempo, me contaste que ninguno de los dos tenía mucho tiempo para el otro por culpa de sus trabajos, y que desde hacía ya mucho tiempo no tenían intimidad. Una mujer puede vivir sin eso, pero un hombre...

–Los hombres son todos iguales –interrumpió, y un calor súbito la invadió, tal como pasara en la entrevista con el Director.

–Exacto. Y por eso digo que es comprensible. Pero sin embargo, no tiene justificación. ¿Estás bien?
Autrey sonrió y, concentrándose, asintió. El calor disminuyó progresivamente...

–No tengo pruebas –dijo después–. Estamos especulando... en realidad, yo creo que él no hace nada malo. Quizá solo tenga mucho trabajo.

Sofía se encogió de hombros.

–Eso espero. Si no, vas a sufrir una enormidad –sentenció.

La camarera del lugar se acercó con actitud desenvuelta y con voz ronca preguntó si iban a tomar algo.

–Yo quiero una bebida –dijo Autrey, que consideraba que el alcohol era una forma de evadir problemas, y tenía un asqueroso sabor a planta.

–Y yo quiero una cerveza.

–Enseguida.

Con un movimiento de cabeza la camarera se retiró. Y con ella, la sonrisa de Autrey.

–¿Te preocupa algo, Autrey? –inquirió Sofía.

La profesora asintió sin inmutarse. Tranquilamente dijo:

–Sí. Estoy preocupada. Tengo un enorme problema, y no sé qué demonios es.

–¿Cómo...

–Te explicaré. Anoche, llegué a casa y había un hervidor. Al tomarlo, mis manos lo calentaron sin yo saber cómo...

–Con que eso fue lo que ocurrió.

–Sí.

–Extraño –interrumpió Sofía.

–Sí, y eso no es todo. Después de eso me desmayé, y tú me llevaste a la habitación. Desperté mejor. De hecho hablamos un rato... pero luego sucedió.

–¿Cuándo me fui?

Hubo un silencio.

–¿Qué sucedió? –hubo una pausa momentánea– ¡Oh vamos, le pones tanto drama!

Autrey miró sus manos. Su voz tembló.

–Me vino un repentino dolor de cabeza, todo tembló. Mi caja de sorpresas iba a explotar. Mis manos se encendieron, y quemé un árbol sin siquiera estar cerca. Todo ardió hasta convertirse en pequeñas mariposas grises. Pensé que era un sueño, pero esta mañana... esta mañana he visto el árbol.

Sofía tenía los ojos muy abiertos y estaba perpleja, pero al ver el rostro acongojado de su amiga se calmó.

–Suena muy... fantástico –dijo–. Demasiado. Es increíble...

Hubo un silencio sepulcral. La camarera volvió con una bandeja y dos vasos. Sirvió y se retiró sin pena ni gloria. Autrey suspiró.

–¿Qué debo hacer? –preguntó, dando un sorbo a su refresco.

Sofía se encogió de hombros.

–No lo sé. Quizá debas esperar un poco a ver qué sucede –rió–. O quizá debas llamar a un espiritista.

–¡Eres increíble! –exclamó Autrey– Nunca dejas ese humor tuyo. Creo que necesitas un psicólogo...

–Soy uno.

–Por eso lo digo. Quizá te estás volviendo loca.

Ambas rieron un rato. Autrey pensó que para estar un poco más segura le preguntaría a su novio; luego no dijo nada. En cambio, se limitó a cambiar el tema de conversación, y a almorzar con su amiga.

sábado, 7 de agosto de 2010

Fénix (Cap. 3)

La mañana siguiente fue una mañana fría. Los faroles brillaban contra el cielo gris; ninguna brisa movía las cortinas. Se sentía más tranquila, descansada. Todo, pensó, había sido un sueño, un mal sueño, del cual había despertado; el árbol nunca se había quemado, nunca había sentido calor alguno...

Se frotó la cara con las manos. Se incorporó y tomó de su escritorio una pequeña caja de sorpresas, que escudriñó con la mirada y las manos. ¿Cómo abrirla? ¿Cómo comprenderla? Era, tal vez, como el cerebro humano. O como un corazón. Lo intentó y lo intentó..., pero todos los esfuerzos fueron inútiles: el títere no saltó a la luz con un grito, ni sacudió las mangas de terciopelo en el aire, ni se balanceó en una docena de direcciones con una sonrisa amplia y pintada. Seguía apretado bajo la tapa, en un rígido entumecimiento, resorte sobre resorte. Poniendo la oreja en la caja podían oírse la presión interior, el miedo y el pánico del juguete atrapado. Era como tener en la mano las ideas de alguien, que ansían salir.

Autrey dejó caer la caja sobre la cama y suspiró.

Era temprano. La alarma aún no sonaba, y todo estaba quieto en la habitación silenciosa. Autrey se llevó una mano a la cabeza y, delicadamente, se revolvió los cabellos. Se levantó tratando de no hacer ruido, y, con pasos lentos y acompasados, caminó a la ventana; tenía una duda. La abrió con cuidado y se asomó.

–No...

La brisa meció sus cabellos dócilmente. Autrey miró el árbol quemado. Todo su tronco y sus ramas estaban negras, y tenían una forma aterradora, sorprendente, como cabellos rígidos que se entremezclaban al cielo. A su alrededor, un pequeño círculo de hierba había desaparecido, dando paso a la más desolada tierra. De algunos puntos negros brotaba un humo espeso, que se encumbraba hasta perderse en la grisácea capa de cielo.

“Estoy loca”, pensó. Y corrió al cuarto de baño.


******************************** 

Sentado en un inmenso sofá antiguo y bastante caro, y con la vista puesta en una interesante hoja de antecedentes; oculto de la mirada inquisidora de Autrey detrás de sus alargadas y delgadas lentes, un hombre alto y delgado –Andrew Seward, director del Instituto Presidente Montag– revisaba los papeles de la nueva profesora.

–Muy interesante... –dijo, pasando de una hoja a la otra lentamente y con un débil sonido.

Autrey esperó a que terminara y con un hilo de voz preguntó si todo estaba bien; él sonrió.

–Claro que todo está bien, señorita Thomas. De hecho, estoy impresionado. Para mí es muy importante una buena mezcla entre juventud y experiencia, lo que precisamente veo en usted. Sus papeles lo expresan muy bien en ese sentido: colegio Minotauro, colegio Planeta y colegio Boff. A sus cortos veintiocho, ha usted ya trabajado en muchos colegios, y en todos ha estado al menos dos años. Una niña prodigio de la universidad, ¿no?

Seward dejó caer los papeles sobre el escritorio que estaba a su lado y con actitud haragana se apoyó en el respaldo del enorme sofá. Juntó sus manos sobre su regazo.

–Quisiera pasar, por ende, a otro tema. Le preguntaré específicamente por qué quiere trabajar con nosotros. ¿Qué ve en este lugar, que no haya visto en otros? –hizo una pausa–. Por favor respóndame honestamente; si hay algo que detesto son las mentiras.

Autrey pensó de inmediato en su casa y en su madre. Si obtenía el empleo, podía optar de inmediato a un crédito bancario para comprar su casa, lo que significaba que toda su economía se estabilizaría y quizá, incluso, en vacaciones pudiera sacar a pasear a su madre. Por eso, hubiera querido gritarle a Andrew Seward: “¡Hey, idiota, lo hago porque me ofreces el doble de mi sueldo actual!”, pero aquello sencillamente le hubiera costado todos sus esfuerzos. Se limitó a responder:

–Aquí el proyecto educativo responde más a mis intereses.

Seward encendió un cigarrillo. La vista de la llama del encendedor, delgada y fuerte, provocó en la profesora una sensación de asfixia y agitación. Por un momento creyó perder el control de sí misma, pero logró tranquilizarse antes que pasara nada malo. Luego de aspirar con fuerza el humo, el Director volvió a tomar los papeles.

–Ya veo...

Sacó de su bolsillo un bolígrafo y firmó al final de unas hojas. Autrey respiró hondo.

–Tome –dijo él, alargándole los  papeles firmados–. Éstos debe presentarlos en la Secretaría de Docentes para que le den toda la información que necesita, el uniforme, y los proyectos de estudio de sus cursos. Debe regirse a ellos y, cualquier duda, allí le atenderán. En última instancia, diríjase a mí y yo también le ayudaré, ¿entendido?

Se puso de pie y alargó su mano hacia la mujer. Autrey le secundó, y, contenta, le agradeció todas las molestias.

–No son molestias, señorita Thomas. Usted me necesita a mí y yo la necesito usted. Son negocios...

La profesora asintió y con pasos firmes abandonó la sala. Al salir, echó a andar por un largo pasillo, bajando unas escaleras y doblando en dos esquinas, siempre oliendo aquel raro aroma de otoño. “Todo había salido bien –pensaba, y caminaba con seguridad–. Quizá deba ir y contárselo a Sofía”.

Aquello le devolvió a la realidad como quien cae, del cielo, a la tierra. Primero, estaba aquel tema del fuego. Fuego, fuego, fuego... fuego quemándolo todo e incendiando árboles, casi matando amigos, casi causándole infartos a mamá. ¿Qué estaba pasando con su vida? ¿Acaso no tenía ella el control de nada? Luego, recordó que hacía tiempo que no hablaba con su novio. Dos días, casi. Las cosas no parecían andar bien, pues cada uno andaba por su lado y casi nunca se llamaban. ¿Era eso una relación? Si lo era, debía ir a verlo; si no… quizá también. Tomó su decisión. Movió un pie, luego el otro, y luego el otro, iniciando una cadencia ininterrumpida. Dejó que ellos le llevaran hasta la entrada del metro, donde el tren silencioso, propulsado por aire, se deslizaba por su conducto lubrificado bajo tierra abriendo sus puertas de par en par para devorar a sus víctimas.

Entró al tren y suspiró.

–Un problema a la vez –se dijo, intentando infundirse ánimos–. Y el primero es el del fuego. Necesito hablar con Sofía.

–¿Disculpe? –preguntó una mujer regordeta– ¿Me habla a mí?

La profesora no pudo evitar reír.

jueves, 5 de agosto de 2010

Fénix (Cap. 2)

A las once de la noche, Autrey abrió los ojos gradualmente. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? En realidad no recordaba mucho, pero, poco a poco, imágenes de lo ocurrido asomaron a su memoria. Se había desmayado, y estaba en su cama. Seguramente Sofía la había subido, con todo lo que eso significaba. Luego le agradecería.

Se puso de pie de un salto y se acercó al espejo. Vio a una mujer alta, de buena figura, con los ojos oscuros pero intensos y el cabello aún amarrado en una cola, vestida con unos pantaloncitos cortos y una blusa suelta. No había estado nunca muy contenta con su aspecto. Le decían a menudo que tenía bonitos ojos negros, pero seguramente se lo decían porque su nariz era demasiado aguileña y la boca un poco pequeña. Además, tenía las orejas demasiado cerca de los ojos. Lo peor de todo era ese pelo incómodo que resultaba imposible de arreglar. A veces su madre le acariciaba la cabeza llamándola la “muchacha de los cabellos espirales”, como si fuera una gran gentileza. De todos modos, no se sentía muy mal por esto, pues siempre había logrado rescatar las miradas de la gente que le rodeaba. Un poco más, sin embargo, no le habría hecho nada mal.

Avanzó hasta la ventana sintiendo un pequeño dolor de cabeza, y con cuidado se sentó en el alféizar. La abrió. Posó la mirada en el inmenso cielo negro que cubría todo con su manto de sombras, y en la luna que, desmembrada, reposaba en lo alto. No hacía ni frío ni calor. Era una noche tranquila, de poco viento, muy otoñal.

Suspiró. ¿Qué había pasado realmente en la cocina? ¿Y por qué? No sabía muy bien. Quizá estaba enferma, quizá necesitaba ir al médico. No lo sabía, pero tenía que averiguarlo. Tenía un presentimiento extraño: algo iba a ocurrir y no sabía qué...

En aquel momento sonó la puerta.

–¿Autrey?

La muchacha se sobresaltó.

–Pasa, Sofía –exclamó.

La puerta se entreabrió y el rostro fulgurante de la psicóloga le saludó con una sonrisa. Tenía el cabello bien recogido en un tomate, algo poco usual en ella, y llevaba los labios pintados con unos suaves colores sepia, que hacían resaltar sus ojos.

–¿Cómo te sientes?

–Mejor. No sé qué me pasó...

–Yo tampoco. De pronto estabas bien, y al segundo siguiente estabas desmayada. Todo un suceso, ¿no crees?

Autrey sonrió y asintió con un movimiento de cabeza. Sofía se acomodó en la cama de la profesora, y desde allí dirigió una mirada al mismo cielo negro que, unos momentos atrás, observaba su amiga.

–Oye, vine porque necesito que me prestes ese chaleco que usaste el martes.

–¿Cuál? –inquirió la profesora.

–El azul. Ese que usaste el martes, ¿no recuerdas?

Autrey se iluminó de pronto y se acercó hasta su clóset.

–Déjame decirte que te aceptaron en aquel Instituto –dijo Sofía, que al ver el rostro de Autrey explicó:–. Leí tu carta.

–Ah, ahora entiendo. ¡Perfecto! –exclamó.

Ambas se quedaron en silencio un rato, cada una pensando en cosas distintas. Finalmente Autrey encontró el chaleco que su amiga quería.

–Gracias –dijo la psicóloga, y se puso de pie–. Ahora me voy. ¿Segura que te sientes bien? ¿No quieres nada?

Autrey meneó la cabeza.

–No, gracias.

Sofía caminó hasta el umbral de la puerta.

–Como quieras. Si quieres algo, sólo pídelo, ¿sí?

–Sí.

–Entonces buenas noches.

–Buenas noches, Sofía.

La puerta se cerró con suavidad y la joven quedó sola. Debía prepararse, reflexionó, porque al día siguiente le tocaría un día duro si quería caerle bien al Director en el Instituto. Se fue a la ventana y, dubitativa, la abrió con cuidado. Se asomó.

Recordó de súbito la experiencia con la hervidora y sintió que un calor cada vez más intenso la invadía nuevamente. ¿De nuevo? Trató de serenarse. Pensó en otras cosas; cantó una vieja canción de cuna. Sin embargo, poco a poco su voz fue debilitándose. Intentó controlarse, pero no pudo. Todo comenzó a alejarse. Contempló sus manos y vio, para su sorpresa, que éstas brillaban de una manera peculiar, como si se estuvieran incendiando. El calor ya era insoportable. Todo giraba, daba una y otra vuelta, y otra vuelta, y otra vuelta...

Nadie vio cómo de las manos de Autrey brotaba una llamarada que descendió en espiral hasta el abedul del patio, incendiándolo en una enorme columna de fuego que se elevó en la noche negra. El fuego ascendía en forma de infinitas brasas con un sonido sordo y continuo de vaivén, ennegreciendo y cambiando la forma de las hojas y del tronco. Y todo iba volviéndose ceniza, como en una enorme hoguera...

Nadie la vio tomándose la cabeza; el cabello, antes amarrado, estaba suelto. Se acuclilló. Estaba cansada, muy cansada, y también perpleja. No sabía qué había ocurrido.

Por la ventana entraban luces en diversas tonalidades de amarillo, rojo, y naranja. Se oían a lo lejos algunas voces de gente que, preocupada, había salido a la calle.

Pero nadie la vio.

martes, 3 de agosto de 2010

Fénix (Cap. 1)

[[Ésta es una de esas creaciones locas que tienen los niños cuando piensan mucho en superhéroes. La imaginé durante mucho tiempo, y hace dos años salió de mi y se convirtió en papel. Así que contiene elementos en contradicción y quizá errores de todo tiempo, pues no quise re-tocarlo en ese tiempo; lo que escribí, escrito quedará, supongo. Tampoco tiene "capítulos", sino que son todos una continuación unos de otros. Ojalá se entienda. Ojalá les guste...]]



Andando por la vacía calle que iba a dar a la pequeña Plaza de San Jaime, Autrey Thomas dominaba con la vista el preciso dibujo del lugar: las casas que se parecían unas a otras y sólo variaban el color, la ordenada falange de árboles que desfilaban uno tras otro a un lado de la vereda, todo. Corría el mes de agosto, y aquella hermosa tarde había transfigurado con su embrujo los hogares, que, a contraluz, parecían enormes bestias en descanso. Los edificios que se divisaban en la lejanía, aquella hermosa tarde, se habían convertido en hoscas y rígidas construcciones de ensueño, que poco a poco se iban oscureciendo con el descenso del sol.

Tranquila, Autrey dejó que sus pies le condujeran hasta la esquina. Anduvo sin pensar en nada en particular, apenas recordando una canción, pero, sin embargo, aminoró el paso como si de la nada hubiera surgido un viento, como si alguien hubiese pronunciado su nombre.

Del otro lado de la esquina, pensó, estaba su hogar, la humilde casa que compartía con su amiga y que tanto esfuerzo había costado. Un lugar apacible, donde no ocurrían muchas cosas. ¿Qué le pasaba, entonces? ¿Tenía miedo de doblar? Varias noches antes había visto una sombra perderse en un callejón justo en el momento en que ella aparecía, justo antes de que pudiera enfocarle con la mirada o dirigirle alguna palabra.

Se armó de valor. Dobló la esquina, pero no vio a nadie. Suspiró.

Autrey miró el buzón del correo al abrir la verja de su jardín. Generalmente, allí encontraba un montón de cartas de propaganda y algunas cuentas, además de algunos sobres con cartas secretas, grandes, para Sofía. Tenía la costumbre de tomarlas todas y entrarlas a la casa, dejándolas sobre la cocina. Ocurrentemente, llegaba uno que otro boletín informativo de la universidad donde ella había estudiado pedagogía, pero no eran sino invitaciones a distintas charlas, y alguna que otra noticia.

Aquella tarde, sin embargo, no había nada salvo un pequeño sobre que llevaba su nombre en el reverso. «Para la señorita Autrey Thomas –leyó–. Instituto Presidente Montag». El corazón le dio un vuelco.

En cuanto cerró la puerta de la verja se encaminó hasta la pequeña escalinata de su casa, y, con los nudillos, golpeó la puerta suavemente. Unos segundos después la puerta se abrió con un chirrido.

–Hola, Autrey –saludó Sofía, haciéndose a un lado.

–Hola.

La joven pasó y se sentó en el sofá, dejando en el camino con un pequeño quejido su pesada mochila.

Sofía era una psicóloga de cejas angostas, agudos ojos pardos y nariz inflada. Tenía el cabello marrón largo acomodado en un cómodo y sencillo peinado, y su postura, aunque recta, dejaba entrever algunos deslices de inconformidad que seguramente tenían que ver con el poco sueño de la noche anterior.

–¿Cómo te fue hoy? –preguntó la psicóloga.

–Bien, ya sabes. Salvo algunos problemas conductuales, lo mismo de siempre.

En sus manos, la joven tenía la carta del instituto. Su cabeza estaba medio inclinada para observarla más cómoda; su rostro era delgado y blanco, y reflejaba una especie de curiosidad que rozaba la ansiedad.

–¿Qué es eso?

–Un sobre que contiene mi futuro y el de mi mamá. Ha llegado hoy del instituto Presidente Montag. Hace tiempo mandé una solicitud de empleo, y hoy vencía el plazo para una respuesta. Estoy ansiosa por saber cómo me fue.

–Entonces ábrela...

Autrey suspiró. Se puso de pie y arrojó el sobre a las faldas de su amiga. Anduvo unos pasos hacia la cocina y se detuvo en el umbral.

–No quiero. Quizá después.

–¿Tienes miedo?

–No. Miedo no. Estoy ansiosa, que es diferente. Si me dicen que no, significa que no podremos optar al crédito para la casa de mamá. Ésta es mi última opción, ¿recuerdas?

Se dirigió al cuarto contiguo y alimentó, con el agua del fregadero, la hervidora. Luego la conectó. Sofía le habló desde el vestíbulo.

–¿Puedo abrirla por ti?

–¡Haz lo que quieras! ¿Quieres té, o prefieres café?

–Dame té, por favor –hizo una pausa–. ¿Crees que te dieron el puesto? Honestamente.

Rasgó el papel y abrió el sobre. Autrey, entretanto, preparó las tazas con prolijidad y lentitud, y colocó, después, el pan en la panera. Mientras llevaba todo a la mesa del comedor, su amiga encendió la radio, colocando una canción antigua de Led Zeppelin que a ambas gustaba.

La joven se acercó a la hervidora para ver si estaba conectada y la tomó con ambas manos. En ese momento, sintió que su temperatura corporal aumentaba, que su frente sudaba, y que sus manos, de un momento a otro, se calentaban y brillaban. El agua burbujeó rápidamente, y el sorpresivo pitido le hizo retroceder y dejar caer la máquina con un estrepitoso sonido. Todo el piso se mojó con agua, que se evaporó casi instantáneamente.

Sofía corrió a ver qué pasaba. Al entrar a la cocina, vio que Autrey observaba el piso anonadada e inmóvil. Preguntó qué había pasado.

No obtuvo respuesta.

domingo, 1 de agosto de 2010

Tarde de Domingo


Un gran ventanal delante de mí. Una gota resbala por el vidrio, y luego otra... y luego otra. Afuera llueve, eso lo sé.

Suspiro y me aferro aún más a tu cálido pecho. Sonríes, eso te gusta. Cierro los ojos y me doy cuenta de que lo que veo es tu cuerpo junto al mío, tal como en la realidad.

Me remuevo un poco en mi lugar, y muevo sin querer uno de tus brazos y la suave frazada roja que nos envuelve.

Algo dices, aunque no puedo descifrar qué. Vuelvo a sonreír, reafirmando mi decisión de amarte por siempre.

Te amo, te amo, y me encantaría pasar toda mi vida contigo.

Viendo llover desde este sofá, a tu lado, abrazados, me voy quedando dormido. Obviamente, muy obviamente, con una  sonrisa en el rostro.