lunes, 25 de octubre de 2010

Fénix (Cap. 5)

Autrey salió del Café Aschenback sin reflexionar mucho, decidida a conversar con su novio sobre su relación y resuelta, además, a contarle todo sobre el fuego.

El tiempo no estaba agradable. Principiaba agosto y, tras unas semanas de temperaturas cálidas, había llegado un invierno prematuro. Las hojas caídas de los árboles bailaban en las aceras una danza acompasada por el viento. La ciudad, en aquellos días, se había vaciado de paseantes y ciclistas, que descansaban en sus hogares del frío que reinaba en el ambiente. No había nadie, cosa rara, ni en la parada del tranvía ni en sus alrededores. Ni por la calle principal que le conducía al departamento de Vincent en la cual los árboles yacían todos desnudos, ni por ninguno de los múltiples pasajes oscuros.

Sobreexcitada por la conversación mantenida con la psicóloga, que le había exigido preocupación, cuidado y energía, no se detuvo a descansar en ningún momento del largo camino, y cuando llegó sintió que le faltaba el aire.

Avanzó, sin saludar al guardia, hasta los ascensores, y en el momento en que apretó el botón una de las puertas se abrió de par en par. Un grupo de personas, una señora con un niño y un oficinista se bajaron; ella ingresó.

Se entretuvo durante algunos minutos leyendo las inscripciones que se hallaban debajo de cada número y dejando que su mirada se perdiese en el último lugar del mundo, allá lejos..., cuando de pronto, saliendo de su ensueño de cansancio, advirtió que llegaba a su destino, y las puertas se abrían nuevamente.

–Número veintitrés –recordó, y sus piernas temblaron.

Echó a andar por el angosto pasillo desnudo y se detuvo ante una puerta de caoba. Al hacerlo, una oleada de malos presentimientos la hizo estremecerse de pies a cabeza, como si de pronto una serpiente se hubiera metido dentro de ella y la hubiera recorrido de abajo hacia arriba una y otra vez.

No quiso retrasar su llegada ni un minuto más. Golpeó la puerta. No oyó pasos dentro del departamento pero, sin previo aviso, la puerta se abrió bruscamente.

Autrey retrocedió un paso, sorprendida. A su imaginación, ya sobreexcitada, le pareció como si la tragedia estuviera persiguiéndole, alcanzándole, obstruyéndole el paso. Vio un rostro joven; en realidad, era en lo punzante de su juventud donde estribaba su tragedia. Rehaciéndose a toda velocidad, logró mantenerse erguida y no vomitar.

La muchacha permaneció en pie, vigilante y hostil.

–¿Qué quiere usted? –preguntó, con voz altiva.

La profesora contestó en voz baja:

–¿Está Vincent?

–Sí, pero no va a recibirla. No recibe a nadie que no conozca. Y a usted no la conoce, ¿verdad?

Empezó a cerrar la puerta pero Autrey se lo impidió. Una furia súbita le invadió.

–Claro que me conoce –dijo–. Y ahora me conocerá mucho más.

Ingresó en el modesto departamento de Vincent y con una mirada lo recorrió: los hermosos cuadros de barcos pegados en las paredes blancas, las torres y torres de papel sobre la mesa, una que otra planta para dar algo de oxígeno en cada rincón, los sillones  grandes, un poco gastados, pero cómodos...

La figura de su novio, vestido únicamente con una toalla, le devolvió a la realidad.

–¡Autrey! –exclamó, nervioso.

La joven cerró la puerta y se acercó a Vincent. Autrey se quedó de pie, inmóvil, con sus ojos oscuros clavados en los azules de él.

–Vete a la habitación, Hester. Déjanos un momento a solas.

–¿Quién es ella, mi amor?

–Una amiga.

Autrey, con aquellas palabras, perdió el control de sí misma. Su temperatura subió; sus puños comenzaron a temblar, a brillar un poco, y de su frente cayeron dos gotas de sudor que rápidamente se evaporaron.

–¿Autrey, te pasa algo? –oyó, lejana, la voz del hombre.

No, no iba a dejar que él la viese en ese estado. Quizá media hora antes lo hubiera hecho, pero ya no. No había razón. Se serenó a base de orgullo. Sonrió irónicamente.

–No, ya no pasa nada –dijo–. Nada de nada. Simplemente nada.

Se giró y echó a andar hasta la puerta. Una mano le detuvo.

–No, por favor... Puedo explicártelo...

Ella abrió la puerta y se soltó.

–No hay nada que explicar. ¿No entiendes? Ya no hay nada que explicar. Porque tampoco hay nada entre nosotros. N-A-D-A. ¡Nada! Adiós.

Cerró con un portazo y ni siquiera esperó el ascensor. Bajó corriendo las escaleras a toda velocidad, y salió del edificio llorando hasta una esquina desolada.

Había comenzado a llover de una manera torrencial. Era una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos. Era una lluvia que ahogaba a todas las lluvias, y hasta al recuerdo de todas las lluvias.

Autrey suspiró en la lluvia y, cansada de correr, se detuvo ante una tienda abandonada. Levantó la vista y vio su rostro reflejado en el vidrio, con sus ojos tan mojados como su cabello y su sonrisa tan ausente como el frío. Había, sin embargo, algo que no encajaba. ¿Los ojos? Los observó: donde los de ella eran negruzcos, apagados, los del reflejo eran dorados, centellantes...

Retrocedió un paso. ¿Por qué todas las cosas malas le estaban pasando a ella? ¿Por qué? ¿Acaso existía un Destino tan malévolo para dar, a una sola mujer, todas esas penurias? Aquella estaba siendo, sin duda, una de las peores semanas de su vida. Sus manos se calentaron y brillaron y de su cabello comenzó a brotar, en innumerables partes, un vapor blanquecino. Su corazón se aceleró más y más. Iba a explotar, y su cuerpo iba a transformarse en miles de pequeñas partes encendidas, en miles de pequeñas mujeres que iban a incendiarse hasta desaparecer.

Elevó su mano hasta el vidrio y con fuerza, con toda su fuerza, lo golpeó. El cristal salió disparado como en una explosión en todas direcciones a gran velocidad, y de pronto miles de bellas luciérnagas encendidas cayeron al piso en un bello espectáculo en que se mezclaba el fuego con el agua.

Cerró los ojos, y al abrirlos, comprobó que todo había pasado. La ira, el enojo... sólo quedaba la pena. Una pena profunda, la más profunda, reflejada en lágrimas que seguían brotando y brotando como una cascada.

Metió las manos –una le sangraba, y tenía varios fragmentos de cristal incrustados– en los bolsillos de su abrigo y emprendió su camino de vuelta a casa.

No dejó de llorar.

viernes, 13 de agosto de 2010

Fénix (Cap. 4)

Sofía había llegado media hora antes al Café. Como buen jueves, había hecho clases en la mañana a unos especialistas en la universidad, y como habían tenido examen ella había salido antes. Había acudido de inmediato a la llamada urgente de Autrey.

Se recostó en su silla y estudió a su antigua amiga con atención. Lo que vio le gustó.

También a Autrey le gustó Sofía. Sentía que hablaba con alguien que comprendía sus sentimientos y su punto de vista, alguien a quien no debía mentir.

–Fuiste muy amable en juntarte hoy conmigo, Sofía –dijo–. Necesitaba conversar contigo antes de que llegara la noche.

–Nada de eso. Ya sabes, para eso estamos las amigas. Además, me aburro de muerte los días jueves, porque me toca hacer clases y siempre son en la mañana. Me invento panoramas o me busco compañía, porque sino mi tarde se hace larguísima, y ya sabes, mi mente es activa y debo ocuparla en algo. De modo que no te disculpes por robarme mi tiempo –guiñó el ojo.

–Bueno... si tú lo dices, te creeré.

Observaron, pensativas, lo que había del otro lado del ventanal: una calle vacía, un día gris...

–Dime, entonces, que es eso tan urgente que tenías que contarme y que no podía esperar a la noche. Me dejaste increíblemente entremetida cuando me llamaste.

Autrey sonrió.

–¿Por dónde comenzar?

Contó, en primer lugar, lo que había ocurrido en su trabajo nuevo, y cómo había llegado a conseguirlo; habló de la entrevista con el Director. Luego, y con muchos detalles, explicó el problema con su novio, todas las ausencias de éste y cómo no le contestaba, a veces, las llamadas. Sofía se sobresaltó.

–¿De veras no te contesta? A mí me parece que hay gato encerrado...

–¿Qué? –preguntó Autrey.

–Lo que oyes. ¿Sabes? Cuando un hombre no contesta a las llamadas, siempre significa que pasa algo malo. O que está pasando, ¿entiendes? ¿Por qué no me contaste antes?

La profesora meneó la cabeza.

–¡Tu novio anda metido en problemas de faldas! Es lógico. Y comprensible. Hace tiempo, me contaste que ninguno de los dos tenía mucho tiempo para el otro por culpa de sus trabajos, y que desde hacía ya mucho tiempo no tenían intimidad. Una mujer puede vivir sin eso, pero un hombre...

–Los hombres son todos iguales –interrumpió, y un calor súbito la invadió, tal como pasara en la entrevista con el Director.

–Exacto. Y por eso digo que es comprensible. Pero sin embargo, no tiene justificación. ¿Estás bien?
Autrey sonrió y, concentrándose, asintió. El calor disminuyó progresivamente...

–No tengo pruebas –dijo después–. Estamos especulando... en realidad, yo creo que él no hace nada malo. Quizá solo tenga mucho trabajo.

Sofía se encogió de hombros.

–Eso espero. Si no, vas a sufrir una enormidad –sentenció.

La camarera del lugar se acercó con actitud desenvuelta y con voz ronca preguntó si iban a tomar algo.

–Yo quiero una bebida –dijo Autrey, que consideraba que el alcohol era una forma de evadir problemas, y tenía un asqueroso sabor a planta.

–Y yo quiero una cerveza.

–Enseguida.

Con un movimiento de cabeza la camarera se retiró. Y con ella, la sonrisa de Autrey.

–¿Te preocupa algo, Autrey? –inquirió Sofía.

La profesora asintió sin inmutarse. Tranquilamente dijo:

–Sí. Estoy preocupada. Tengo un enorme problema, y no sé qué demonios es.

–¿Cómo...

–Te explicaré. Anoche, llegué a casa y había un hervidor. Al tomarlo, mis manos lo calentaron sin yo saber cómo...

–Con que eso fue lo que ocurrió.

–Sí.

–Extraño –interrumpió Sofía.

–Sí, y eso no es todo. Después de eso me desmayé, y tú me llevaste a la habitación. Desperté mejor. De hecho hablamos un rato... pero luego sucedió.

–¿Cuándo me fui?

Hubo un silencio.

–¿Qué sucedió? –hubo una pausa momentánea– ¡Oh vamos, le pones tanto drama!

Autrey miró sus manos. Su voz tembló.

–Me vino un repentino dolor de cabeza, todo tembló. Mi caja de sorpresas iba a explotar. Mis manos se encendieron, y quemé un árbol sin siquiera estar cerca. Todo ardió hasta convertirse en pequeñas mariposas grises. Pensé que era un sueño, pero esta mañana... esta mañana he visto el árbol.

Sofía tenía los ojos muy abiertos y estaba perpleja, pero al ver el rostro acongojado de su amiga se calmó.

–Suena muy... fantástico –dijo–. Demasiado. Es increíble...

Hubo un silencio sepulcral. La camarera volvió con una bandeja y dos vasos. Sirvió y se retiró sin pena ni gloria. Autrey suspiró.

–¿Qué debo hacer? –preguntó, dando un sorbo a su refresco.

Sofía se encogió de hombros.

–No lo sé. Quizá debas esperar un poco a ver qué sucede –rió–. O quizá debas llamar a un espiritista.

–¡Eres increíble! –exclamó Autrey– Nunca dejas ese humor tuyo. Creo que necesitas un psicólogo...

–Soy uno.

–Por eso lo digo. Quizá te estás volviendo loca.

Ambas rieron un rato. Autrey pensó que para estar un poco más segura le preguntaría a su novio; luego no dijo nada. En cambio, se limitó a cambiar el tema de conversación, y a almorzar con su amiga.

sábado, 7 de agosto de 2010

Fénix (Cap. 3)

La mañana siguiente fue una mañana fría. Los faroles brillaban contra el cielo gris; ninguna brisa movía las cortinas. Se sentía más tranquila, descansada. Todo, pensó, había sido un sueño, un mal sueño, del cual había despertado; el árbol nunca se había quemado, nunca había sentido calor alguno...

Se frotó la cara con las manos. Se incorporó y tomó de su escritorio una pequeña caja de sorpresas, que escudriñó con la mirada y las manos. ¿Cómo abrirla? ¿Cómo comprenderla? Era, tal vez, como el cerebro humano. O como un corazón. Lo intentó y lo intentó..., pero todos los esfuerzos fueron inútiles: el títere no saltó a la luz con un grito, ni sacudió las mangas de terciopelo en el aire, ni se balanceó en una docena de direcciones con una sonrisa amplia y pintada. Seguía apretado bajo la tapa, en un rígido entumecimiento, resorte sobre resorte. Poniendo la oreja en la caja podían oírse la presión interior, el miedo y el pánico del juguete atrapado. Era como tener en la mano las ideas de alguien, que ansían salir.

Autrey dejó caer la caja sobre la cama y suspiró.

Era temprano. La alarma aún no sonaba, y todo estaba quieto en la habitación silenciosa. Autrey se llevó una mano a la cabeza y, delicadamente, se revolvió los cabellos. Se levantó tratando de no hacer ruido, y, con pasos lentos y acompasados, caminó a la ventana; tenía una duda. La abrió con cuidado y se asomó.

–No...

La brisa meció sus cabellos dócilmente. Autrey miró el árbol quemado. Todo su tronco y sus ramas estaban negras, y tenían una forma aterradora, sorprendente, como cabellos rígidos que se entremezclaban al cielo. A su alrededor, un pequeño círculo de hierba había desaparecido, dando paso a la más desolada tierra. De algunos puntos negros brotaba un humo espeso, que se encumbraba hasta perderse en la grisácea capa de cielo.

“Estoy loca”, pensó. Y corrió al cuarto de baño.


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Sentado en un inmenso sofá antiguo y bastante caro, y con la vista puesta en una interesante hoja de antecedentes; oculto de la mirada inquisidora de Autrey detrás de sus alargadas y delgadas lentes, un hombre alto y delgado –Andrew Seward, director del Instituto Presidente Montag– revisaba los papeles de la nueva profesora.

–Muy interesante... –dijo, pasando de una hoja a la otra lentamente y con un débil sonido.

Autrey esperó a que terminara y con un hilo de voz preguntó si todo estaba bien; él sonrió.

–Claro que todo está bien, señorita Thomas. De hecho, estoy impresionado. Para mí es muy importante una buena mezcla entre juventud y experiencia, lo que precisamente veo en usted. Sus papeles lo expresan muy bien en ese sentido: colegio Minotauro, colegio Planeta y colegio Boff. A sus cortos veintiocho, ha usted ya trabajado en muchos colegios, y en todos ha estado al menos dos años. Una niña prodigio de la universidad, ¿no?

Seward dejó caer los papeles sobre el escritorio que estaba a su lado y con actitud haragana se apoyó en el respaldo del enorme sofá. Juntó sus manos sobre su regazo.

–Quisiera pasar, por ende, a otro tema. Le preguntaré específicamente por qué quiere trabajar con nosotros. ¿Qué ve en este lugar, que no haya visto en otros? –hizo una pausa–. Por favor respóndame honestamente; si hay algo que detesto son las mentiras.

Autrey pensó de inmediato en su casa y en su madre. Si obtenía el empleo, podía optar de inmediato a un crédito bancario para comprar su casa, lo que significaba que toda su economía se estabilizaría y quizá, incluso, en vacaciones pudiera sacar a pasear a su madre. Por eso, hubiera querido gritarle a Andrew Seward: “¡Hey, idiota, lo hago porque me ofreces el doble de mi sueldo actual!”, pero aquello sencillamente le hubiera costado todos sus esfuerzos. Se limitó a responder:

–Aquí el proyecto educativo responde más a mis intereses.

Seward encendió un cigarrillo. La vista de la llama del encendedor, delgada y fuerte, provocó en la profesora una sensación de asfixia y agitación. Por un momento creyó perder el control de sí misma, pero logró tranquilizarse antes que pasara nada malo. Luego de aspirar con fuerza el humo, el Director volvió a tomar los papeles.

–Ya veo...

Sacó de su bolsillo un bolígrafo y firmó al final de unas hojas. Autrey respiró hondo.

–Tome –dijo él, alargándole los  papeles firmados–. Éstos debe presentarlos en la Secretaría de Docentes para que le den toda la información que necesita, el uniforme, y los proyectos de estudio de sus cursos. Debe regirse a ellos y, cualquier duda, allí le atenderán. En última instancia, diríjase a mí y yo también le ayudaré, ¿entendido?

Se puso de pie y alargó su mano hacia la mujer. Autrey le secundó, y, contenta, le agradeció todas las molestias.

–No son molestias, señorita Thomas. Usted me necesita a mí y yo la necesito usted. Son negocios...

La profesora asintió y con pasos firmes abandonó la sala. Al salir, echó a andar por un largo pasillo, bajando unas escaleras y doblando en dos esquinas, siempre oliendo aquel raro aroma de otoño. “Todo había salido bien –pensaba, y caminaba con seguridad–. Quizá deba ir y contárselo a Sofía”.

Aquello le devolvió a la realidad como quien cae, del cielo, a la tierra. Primero, estaba aquel tema del fuego. Fuego, fuego, fuego... fuego quemándolo todo e incendiando árboles, casi matando amigos, casi causándole infartos a mamá. ¿Qué estaba pasando con su vida? ¿Acaso no tenía ella el control de nada? Luego, recordó que hacía tiempo que no hablaba con su novio. Dos días, casi. Las cosas no parecían andar bien, pues cada uno andaba por su lado y casi nunca se llamaban. ¿Era eso una relación? Si lo era, debía ir a verlo; si no… quizá también. Tomó su decisión. Movió un pie, luego el otro, y luego el otro, iniciando una cadencia ininterrumpida. Dejó que ellos le llevaran hasta la entrada del metro, donde el tren silencioso, propulsado por aire, se deslizaba por su conducto lubrificado bajo tierra abriendo sus puertas de par en par para devorar a sus víctimas.

Entró al tren y suspiró.

–Un problema a la vez –se dijo, intentando infundirse ánimos–. Y el primero es el del fuego. Necesito hablar con Sofía.

–¿Disculpe? –preguntó una mujer regordeta– ¿Me habla a mí?

La profesora no pudo evitar reír.

jueves, 5 de agosto de 2010

Fénix (Cap. 2)

A las once de la noche, Autrey abrió los ojos gradualmente. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? En realidad no recordaba mucho, pero, poco a poco, imágenes de lo ocurrido asomaron a su memoria. Se había desmayado, y estaba en su cama. Seguramente Sofía la había subido, con todo lo que eso significaba. Luego le agradecería.

Se puso de pie de un salto y se acercó al espejo. Vio a una mujer alta, de buena figura, con los ojos oscuros pero intensos y el cabello aún amarrado en una cola, vestida con unos pantaloncitos cortos y una blusa suelta. No había estado nunca muy contenta con su aspecto. Le decían a menudo que tenía bonitos ojos negros, pero seguramente se lo decían porque su nariz era demasiado aguileña y la boca un poco pequeña. Además, tenía las orejas demasiado cerca de los ojos. Lo peor de todo era ese pelo incómodo que resultaba imposible de arreglar. A veces su madre le acariciaba la cabeza llamándola la “muchacha de los cabellos espirales”, como si fuera una gran gentileza. De todos modos, no se sentía muy mal por esto, pues siempre había logrado rescatar las miradas de la gente que le rodeaba. Un poco más, sin embargo, no le habría hecho nada mal.

Avanzó hasta la ventana sintiendo un pequeño dolor de cabeza, y con cuidado se sentó en el alféizar. La abrió. Posó la mirada en el inmenso cielo negro que cubría todo con su manto de sombras, y en la luna que, desmembrada, reposaba en lo alto. No hacía ni frío ni calor. Era una noche tranquila, de poco viento, muy otoñal.

Suspiró. ¿Qué había pasado realmente en la cocina? ¿Y por qué? No sabía muy bien. Quizá estaba enferma, quizá necesitaba ir al médico. No lo sabía, pero tenía que averiguarlo. Tenía un presentimiento extraño: algo iba a ocurrir y no sabía qué...

En aquel momento sonó la puerta.

–¿Autrey?

La muchacha se sobresaltó.

–Pasa, Sofía –exclamó.

La puerta se entreabrió y el rostro fulgurante de la psicóloga le saludó con una sonrisa. Tenía el cabello bien recogido en un tomate, algo poco usual en ella, y llevaba los labios pintados con unos suaves colores sepia, que hacían resaltar sus ojos.

–¿Cómo te sientes?

–Mejor. No sé qué me pasó...

–Yo tampoco. De pronto estabas bien, y al segundo siguiente estabas desmayada. Todo un suceso, ¿no crees?

Autrey sonrió y asintió con un movimiento de cabeza. Sofía se acomodó en la cama de la profesora, y desde allí dirigió una mirada al mismo cielo negro que, unos momentos atrás, observaba su amiga.

–Oye, vine porque necesito que me prestes ese chaleco que usaste el martes.

–¿Cuál? –inquirió la profesora.

–El azul. Ese que usaste el martes, ¿no recuerdas?

Autrey se iluminó de pronto y se acercó hasta su clóset.

–Déjame decirte que te aceptaron en aquel Instituto –dijo Sofía, que al ver el rostro de Autrey explicó:–. Leí tu carta.

–Ah, ahora entiendo. ¡Perfecto! –exclamó.

Ambas se quedaron en silencio un rato, cada una pensando en cosas distintas. Finalmente Autrey encontró el chaleco que su amiga quería.

–Gracias –dijo la psicóloga, y se puso de pie–. Ahora me voy. ¿Segura que te sientes bien? ¿No quieres nada?

Autrey meneó la cabeza.

–No, gracias.

Sofía caminó hasta el umbral de la puerta.

–Como quieras. Si quieres algo, sólo pídelo, ¿sí?

–Sí.

–Entonces buenas noches.

–Buenas noches, Sofía.

La puerta se cerró con suavidad y la joven quedó sola. Debía prepararse, reflexionó, porque al día siguiente le tocaría un día duro si quería caerle bien al Director en el Instituto. Se fue a la ventana y, dubitativa, la abrió con cuidado. Se asomó.

Recordó de súbito la experiencia con la hervidora y sintió que un calor cada vez más intenso la invadía nuevamente. ¿De nuevo? Trató de serenarse. Pensó en otras cosas; cantó una vieja canción de cuna. Sin embargo, poco a poco su voz fue debilitándose. Intentó controlarse, pero no pudo. Todo comenzó a alejarse. Contempló sus manos y vio, para su sorpresa, que éstas brillaban de una manera peculiar, como si se estuvieran incendiando. El calor ya era insoportable. Todo giraba, daba una y otra vuelta, y otra vuelta, y otra vuelta...

Nadie vio cómo de las manos de Autrey brotaba una llamarada que descendió en espiral hasta el abedul del patio, incendiándolo en una enorme columna de fuego que se elevó en la noche negra. El fuego ascendía en forma de infinitas brasas con un sonido sordo y continuo de vaivén, ennegreciendo y cambiando la forma de las hojas y del tronco. Y todo iba volviéndose ceniza, como en una enorme hoguera...

Nadie la vio tomándose la cabeza; el cabello, antes amarrado, estaba suelto. Se acuclilló. Estaba cansada, muy cansada, y también perpleja. No sabía qué había ocurrido.

Por la ventana entraban luces en diversas tonalidades de amarillo, rojo, y naranja. Se oían a lo lejos algunas voces de gente que, preocupada, había salido a la calle.

Pero nadie la vio.